Los días pasaban, cada uno sumergido en sus labores, en sus trabajos al igual que Adrianna. Adriano visitaba y pasaba tiempo con los pequeños. Mientras que Paolo, llegaba cada tarde con algo nuevo, para Adrianna, una canción, una fruta, una historia. Y Adriánna, sin darse cuenta, empezó a sonreír sin miedo.
Una tarde, él la encontró sentada junto al ventanal, con el rostro vuelto hacia el sol.
—¿Estás lista para una locura pequeña? —preguntó él, con una chispa en la voz.
—¿Qué tipo de locura?