El círculo de ancianas rodeaba a Lía en la cámara subterránea. La luz de la luna se filtraba a través de un óculo en el techo, formando un perfecto círculo plateado en el suelo de piedra antigua. El aire olía a hierbas quemadas, a tierra húmeda y a algo más primitivo que no tenía nombre.
Lía permanecía de pie en el centro, con una túnica blanca que dejaba sus hombros descubiertos. Las marcas de su piel —aquellas que habían aparecido tras el nacimiento de los trillizos— brillaban ahora con un to