El claro sagrado, normalmente un espacio de paz y comunión con la naturaleza, se había transformado en un anfiteatro de tensión. Los miembros de la manada llegaban en pequeños grupos, sus rostros marcados por la incertidumbre. El cielo, teñido de un gris plomizo, parecía presagiar la tormenta que se avecinaba, no solo en el firmamento sino en sus vidas.
Lía observaba desde el borde del claro, con los trillizos a su lado. Había intentado dejarlos en la cabaña bajo el cuidado de Nora, pero los ni