La paranoia se había instalado en la manada como una enfermedad silenciosa. Los rostros familiares ahora portaban máscaras de sospecha, y las conversaciones se apagaban cuando alguien se acercaba. Kael lo notaba en cada rincón: guardias que duplicaban turnos, miradas que seguían a extraños, susurros que se extendían como veneno.
—Necesitamos revisar los registros de entrada y salida de los últimos tres meses —ordenó Kael a su beta mientras recorrían el perímetro norte—. Quiero saber quién ha es