El claro sagrado resplandecía bajo la luz plateada de la luna. Antorchas dispuestas en círculo iluminaban el espacio con un fulgor anaranjado que danzaba sobre los rostros expectantes de la manada. Todos habían acudido, desde los ancianos hasta los cachorros más pequeños. Nadie quería perderse la evaluación de los trillizos, aquellos niños que habían llegado para alterar el equilibrio que durante tanto tiempo habían mantenido.
Lía sentía el peso de cientos de miradas sobre ella y sus hijos. Apr