La habitación se sentía más fría.
Más lejana.
Como si todo lo que había pasado hubiera cambiado el aire mismo.
Nikolai seguía frente a mí.
En silencio.
Esperando.
Pero yo ya no sabía qué decir.
Ni qué pensar.
Ni en quién creer.
—Necesito estar sola —repetí.
Su mirada se endureció ligeramente.
—No es seguro.
—Nada es seguro ahora.
El silencio se volvió pesado.
—Él va a volver —dijo Nikolai.
—Lo sé.
—Y cuando lo haga, no será solo para hablar.
—También lo sé.
Nikolai dio un paso más cerca.
—Enton