El cañón de la Beretta de Dante no temblaba, a pesar de que el sudor frío le empapaba la nuca. El silencio en la habitación del prostíbulo estaba a punto de romperse bajo el peso de la revelación.
— Una De Luca — escupió Dante, con una voz que arrastraba el eco de mil tumbas abiertas — Todo este tiempo, mi mayor enemigo dormía en mi cama y curaba mis heridas.
Elara sostuvo su mirada sin pestañear, aunque sentía el frío del acero presionando contra el esternón. Su corazón martilleaba con una fue