Elara se acercó y se sentó en el borde de la cama, ignorando el peligro que representaba Dante cuando perdía el control, tomó su rostro entre sus manos y pegó su frente a la de él.
— Tu mente está rota por el ricino, pero tu cuerpo sabe quién soy — murmuró ella, rozando sus labios con una suavidad tierna — Siente mi pulso, Dante, no miente.
El contacto físico disparó una chispa de deseo en medio de la tragedia, y Dante cerró los ojos, inhalando el perfume de Elara que se mezclaba con el olor a