El humo amarillo se arremolinaba contra el techo, asfixiando la poca luz que se filtraba por las rendijas. Elara se pegó al suelo, sintiendo el frío del cemento contra su mejilla mientras sus pulmones protestaban por el aire viciado.
Dante estaba a su lado, su respiración era un silbido errático que delataba la lucha interna entre su cuerpo herido y el instinto de combate. A pesar del delirio, sus dedos se cerraron sobre la muñeca de Elara con una fuerza que le cortó la circulación.
— Quédate..