El silencio en la habitación del prostíbulo era tan denso que Elara podía escuchar el goteo constante de una tubería rota en el pasillo, el olor a desinfectante barato y humedad se le pegaba a la garganta.
Dante se removió sobre el colchón de resortes, el sedante empezaba a perder su batalla contra la biología de un hombre que se negaba a rendirse, y sus párpados temblaron con una violencia contenida.
— El mar, está demasiado rojo — murmuró Dante, su voz era un rastro de ceniza que apenas rozab