El oficial mantenía el dedo sobre el gatillo, y su mirada fija en la bota ensangrentada de Elara. La tensión en la habitación era un como un cable a punto de romperse.
— Se lo voy a repetir una última vez — dijo el oficial, con la voz temblorosa por la adrenalina — ¡Que salga del baño con las manos en alto!
Elara no dudó, pero no podía permitir que viera a Dante. Se dejó caer de rodillas, simulando un sollozo desgarrador mientras sus manos buscaban el pesado cenicero de cristal de la mesa de no