El rugido del motor era un trueno en la oscuridad de la carretera secundaria. Elara vio las luces de la patrulla negra pegadas a su defensa como una mandíbula de metal lista para devorarlos.
— No hoy — siseó ella, apretando el volante con una fuerza que le entumecía los dedos.
Divisó un desvío de grava sin señalizar, una garganta oscura entre los pinos, y sin frenar, tiró del freno de mano y giró el volante con una violencia desesperada.
El carro derrapó, levantando una nube de polvo y piedras