La cabaña de pescadores emergió entre la niebla del lago como un espectro de madera podrida. Elara apagó el motor y el silencio la golpeó con fuerza.
Dante estaba medio inconsciente, con la cabeza apoyada en la ventanilla. Sus labios, agrietados por la fiebre, se movían sin emitir sonido, como si estuviera orando a Dios en ese momento de necesitad, recuperado una fe perdida hace mucho.
— Ya estamos aquí, Dante — susurró Elara, sintiendo un nudo de bilis en la garganta. Al tocarlo, su piel quema