El motor de la camioneta rugía mientras dejaban atrás la mansión en llamas. Dante conducía con una mano firme en el volante. Elara, en el asiento del copiloto, sentía el pulso en sus oídos, esta era una percusión salvaje que no bajaba de intensidad.
— Tenemos que salir de la carretera principal — dijo Dante, girando bruscamente hacia un camino de tierra — Alejandro habrá sellado las salidas de la ciudad. Si nos detectan ahora, no habrá juicio.
Elara lo observó de reojo. Tenía el rostro manchado