La niebla en los muelles del sector sur era densa. Elara caminó por el asfalto, sintiendo el peso del transmisor en su bolsillo y el frío del metal de la pequeña arma que Cassian le había entregado. El olor insalubre se mezclaba con la humedad asfixiante del amanecer milanés.
— Llegas a tiempo, sobrina — la voz de Vincenzo emergió de la oscuridad, seguida por el brillo de su cigarro — Casi pensé que tu lealtad por ese perro de Montaño te haría cometer una estupidez. Pero veo que la sangre tira