El Palazzo Reale brillaba con una opulencia que insultaba la sangre derramada horas antes. Milán ignoraba que sus cimientos se tambaleaban, para la élite, esta gala era solo otra exhibición de poder. Elara descendió del coche oficial de Alejandro, enfundada en un vestido de seda negra que ocultaba el secreto de su vientre y la rigidez de su miedo.
— Sonríe, Elara — murmuró Alejandro a su lado, luciendo un impecable esmoquin que escondía el vendaje de su hombro — Si el mundo sospecha que anoche