Elara regresó a la mansión De Luca con el sabor a metal en la boca y el peso de un secreto que latía bajo su piel. Cada vez que el coche saltaba por un bache, su mano derecha buscaba instintivamente su vientre, antes de corregir el gesto para que los guardias de Vincenzo no lo notaran.
Más tarde, se dirigió al loft donde Dante aguardaba, todavía conmocionado por el hallazgo de Bianca. Elara lo miró y sintió una punzada de dolor tan aguda que casi la hace doblarse, amaba al hombre que su familia