El salón de la embajada era un océano de seda, diamantes y veneno destilado. Dante caminaba con la rigidez de un hombre que lleva una diana en la espalda, su mano izquierda descansando posesivamente en la cintura de Elara, marcando su territorio.
— Míralos — susurró Dante, su aliento oliendo a bourbon y analgésicos — Son buitres esperando que el heredero caiga para picotear los restos de un imperio.
Un grupo de empresarios se apartó al verlos pasar, intercambiando miradas de desprecio. No eran