El refugio forestal olía a pino húmedo y a la sangre que empapaba la camisa de Dante. Sofía cerró la puerta reforzada y dejó el rifle sobre la mesa de madera, mirando a Elara con una seriedad absoluta.
— Tienes diez minutos antes de que sus rastreadores cubran este cuadrante — dijo Sofía, sacando un kit médico — Ayúdame a tumbarlo.
Dante gruñó cuando lo apoyaron en el catre, su piel estaba pálida, pero sus ojos buscaban a Elara con una intensidad febril, como si temiera que ella desapareciera e