El hedor de la pólvora todavía flotaba en el aire cuando la quietud volvió a la habitación de los moribundos, una calma artificial que se sentía como el ojo de un huracán. Nicolás Leone, postrado en su cama de metal, ya no pertenecía a este mundo. Sus ojos vidriosos se movían frenéticamente, siguiendo una figura invisible que solo él podía ver en el techo cubierto de polvo.
— ¿Vittoria? — susurró Nicolás, y el nombre de la madre de Elara sonó como una invocación sagrada. Sus manos esqueléticas