El cañón de la pistola de Alejandro rozaba la madera de la cuna, un contacto sacrílego que hacía que el aire en la habitación se volviera denso como el plomo. Elara, postrada y con la sensación de que sus entrañas se deshacían, estiró una mano temblorosa, pero sus dedos solo rozaron el aire frío.
La puerta trasera estalló. Dante irrumpió en la estancia, con el primer mellizo aún acunado en su brazo izquierdo y su arma lista en la derecha. Se detuvo en seco, su respiración convirtiéndose en un s