El aire de la clínica privada en Milán era estéril, gélido y cargado de un silencio que pesaba más que el plomo. Bajo el control absoluto de los Praetorian, el edificio funcionaba con la precisión de un reloj suizo.
Bianca fue succionada por un torbellino de batas blancas y tecnología de vanguardia. La cápsula de cuidados intensivos se cerró sobre ella con un siseo neumático, estabilizando sus constantes vitales mientras Dante observaba tras el cristal, con el rostro convertido en una máscara d