Las luces de los reflectores devoraban la oscuridad del camarote, desnudando la miseria y el sudor de Elara y Dante. Elara todavía sentía el vientre adolorido, una amenazaba que pesaba sobre sus bebes. Cada espasmo era un recordatorio cruel de que su cuerpo era una bomba de tiempo en medio de un campo de minas.
Alejandro, con el rostro vuelto una máscara de furia contenida, se ajustó el puño de la camisa inmaculada. Su cobardía se disfrazaba de autoridad mientras salía a la cubierta para encara