El pitido del monitor de signos vitales de Elara era el único pulso en el silencio sepulcral de la clínica. Dante no se había movido de su lado, pero sus dedos volaban sobre una tableta encriptada mientras Miller terminaba de suturar.
— Elara está estable, pero el sangrado fue una advertencia, Dante. No aguantará otro traslado físico en menos de veinticuatro horas — sentenció Miller, limpiándose la sangre de los guantes con un gesto mecánico y cansado.
— No tenemos veinticuatro horas. El mensaj