El rastro de sangre en la nieve era un camino de migas de pan hacia la muerte. Dante no esperó a que Elara se desvaneciera, se quitó la chaqueta empapada y la envolvió en ella, ignorando que su propio hombro gritaba por el esfuerzo.
— No te duermas, Elara. ¡Mírame! — le ordenó Dante, cargándola en un estilo nupcial que contrastaba con la brutalidad del entorno — No te voy a dejar ir. Ni a ti, ni a él.
Ella se aferró a su cuello con dedos que ya no sentían el frío. Su cabeza caía hacia atrás, vi