El vapor de la respiración de Elara empañaba el cristal blindado. Afuera, la ventisca de los Alpes golpeaba el todoterreno como si miles de agujas de hielo intentaran penetrar la cabina y alcanzar su piel.
Tres oficiales suizos mantenían sus manos sobre las fundas de sus pistolas SIG Sauer. El haz de las linternas barría el interior del coche, deteniéndose con una fijeza acusadora en el rostro pálido de Elara.
— Mantén las manos en el volante, Dante — susurró Elara, mientras el miedo subía por