En el hospital, Clara cerró con fuerza la puerta de la habitación y giró hacia el hombre que la esperaba junto a la ventana.
—¿Qué haces aquí, Dimitri? —preguntó entre dientes, mirando de reojo al niño dormido.
Él ni siquiera se inmutó. Se cruzó de brazos, con esa calma cínica que siempre la había desesperado.
—Vine a cuidar lo que me pertenece —respondió con un tono bajo, casi burlón—. Y a asegurarme de que no se te ocurra escaparte otra vez con mi dinero.
Clara se quedó helada. La rabia se me