Por un momento, ninguno de los dos se movió. Sebastián permanecía inmóvil, con el casco en una mano, y el rostro cubierto por una mezcla de sorpresa y emoción que claramente le costaba contener.
Sofía lo observaba sin decir palabra, con los ojos húmedos, la respiración alterada y a Lilly aún dormida contra su pecho. La escena parecía desarrollarse en un lugar donde el tiempo no existía, hasta que él dio un paso vacilante hacia ella.
—¿Sofía…? —susurró, casi sin aire—. ¿Eres tú de verdad? ¿Estoy