La mente de Miguel no dejaba de correr mientras él bajaba los escalones de dos en dos; llevaba el abrigo a medio poner y su respiración estaba tan agitada que parecía asmático. Esta clase de postura no era usual en él, ni siquiera cuando se trataba de la bruja de Clara.
Estaba dispuesto a salir sin rumbo, solo con una idea fija: encontrarla. Pero apenas cruzó el jardín, escuchó los pasos apresurados detrás de él.
—¡Miguel! —la voz de Martín lo alcanzó antes de que llegara al auto.
No se detuvo.