Martín suspiró con cansancio. Cuando decidió hacerlo, ya sabía que tarde o temprano Miguel lo descubriría. No había manera de esconder para siempre los rastros que iba dejando; siempre aparecía un indicio, una huella mínima que tarde o temprano terminaba por delatarlo. Se preparó para darle una explicación, como tantas veces, apelando a Clara como escudo, pero Miguel no le dio tiempo.
—No me interesa escuchar excusas —soltó, con un filo en la voz que pocas veces mostraba—. Ya averigüé algo más.