La imponente presencia de Maximilien dejó a todos sin aliento. Gracia alzó la mirada y, como el resto, guardó silencio.
Con un tono más firme, Maximilien repitió la pregunta:
—¿Quién dio la orden de retirar la obra de mi esposa?
Celeste dio dos pasos hacia adelante y, con aparente calma, se acercó a saludarlo con un beso en la mejilla. Pero Maximilien no se inmutó. Era como un roble, firme e inquebrantable, muy distinto al hombre de antes.
—¡Maxi! Qué bueno que has llegado.
—Celeste —respondi