Gracia regresó a casa en silencio. Antonia estaba poniendo la mesa y, al verla entrar, le dedicó una sonrisa cálida.
—Señora, qué bueno que ha vuelto. Preparé la cena, ¿le sirvo un plato?
—No tengo mucho apetito, gracias, Antonia. ¿Y el señor? ¿Ya cenó?
Antonia bajó la mirada, incómoda.
—No ha regresado aún, señora.
—Entiendo… Iré a descansar entonces. Gracias por todo, Antonia.
Subió a su habitación y se dejó caer en la cama, abrumada por sus pensamientos. La soledad le calaba los huesos, y se