EL PARTO.
Mariana se miraba en el espejo con la misma frialdad con la que se traza un crimen. Se acomodó el gorro quirúrgico, ajustó su mascarilla y ocultó bajo la bata quirúrgica el uniforme robado que le había permitido infiltrarse como parte del personal auxiliar del hospital. Su mirada, encendida por el odio, no titubeaba. Había llegado demasiado lejos para volver atrás.
Se había preparado durante meses. Había seguido los pasos de Gracia incluso en el exilio, usando una identidad falsa, viajando de c