Mientras tanto, en la sala de cirugía, nada estaba bajo control. Gracia seguía inestable, con la presión arterial por los suelos y los signos vitales en caída libre. Las alarmas de los monitores no dejaban de sonar, y el equipo médico trabajaba a toda velocidad para estabilizarla. Estaba a segundos de un paro cardiorrespiratorio.
Afuera, en el pasillo, Maximilien caminaba de un lado a otro con los puños cerrados y la mandíbula apretada. Su pecho ardía. Cada minuto que pasaba sin noticias le qui