—¡Esto es imposible, Maximilien! —Gracia se apartó bruscamente de sus brazos, con los ojos inyectados de furia y lágrimas contenidas—. ¿Cómo demonios alguien pudo entrar a mi taller y destruirlo todo sin que nadie lo notara? ¿Dónde estaban tus hombres? ¿Dónde estaba la seguridad?
Maximilien se pasó las manos por el cabello, desesperado, con el ceño fruncido y el rostro contraído por la impotencia.
—¡No lo sé, Gracia! —rugió con la voz rota—. Ya no sé en quién puedo confiar. ¿Quieres que te diga la verdad? Lo único que nos queda es irnos de esta ciudad antes de que algo peor suceda. No pienso arriesgarnos más.
Gracia lo miró como si sus palabras la hubieran abofeteado. Dio un paso hacia él, con la respiración entrecortada.
—¿Irnos? ¿Esa es tu solución? ¿Huir como cobardes? —Su voz temblaba, pero era firme—. ¿Eso crees que soy, Maximilien? ¿Una mujer que no sabe dar la cara? Se suponía que el peligro era Fernando, y ahora que ya no está, ¿Quién carajos es?
Él negó de inmediato, con una