Los días pasaron sin sobresaltos, pero el aire seguía enrarecido. Gracia y Maximilien andaban a la defensiva: miradas a las cámaras, puertas con doble cerradura, órdenes cortas a seguridad. No podían confiarse del sospechoso silencio de la calma.
Gracia volvió a la compañía una mañana gris. Apenas cruzó el lobby, el clic repetido de una lima de uñas le clavó una punzada en el oído. Lauren estaba en la recepción, recostada en la silla, pintándose las uñas con descaro, el teléfono descolgado a