Los días pasaron sin sobresaltos, pero el aire seguía enrarecido. Gracia y Maximilien andaban a la defensiva: miradas a las cámaras, puertas con doble cerradura, órdenes cortas a seguridad. No podían confiarse del sospechoso silencio de la calma.
Gracia volvió a la compañía una mañana gris. Apenas cruzó el lobby, el clic repetido de una lima de uñas le clavó una punzada en el oído. Lauren estaba en la recepción, recostada en la silla, pintándose las uñas con descaro, el teléfono descolgado a un lado, dos llamadas perdidas parpadeaban en la pantalla.
—¿Te parece un salón de belleza? —soltó Gracia, sin preámbulos.
Lauren levantó la vista con desdén, sopló sus uñas recién pintadas y sonrió falsa.
—Buenos días, hermanita. Llegaste temprano para venir a fiscalizar mis cutículas.
—Estás en tu puesto, no en la sala de tu casa. —Gracia apoyó ambas manos en el borde del mostrador—. Y haz llegado tarde otra vez, y ni siquiera te esfuerzas por cumplir tus funciones.
—El transporte público —can