—¡Esto es imposible, Maximilien! —Gracia se apartó bruscamente de sus brazos, con los ojos inyectados de furia y lágrimas contenidas—. ¿Cómo demonios alguien pudo entrar a mi taller y destruirlo todo sin que nadie lo notara? ¿Dónde estaban tus hombres? ¿Dónde estaba la seguridad?
Maximilien se pasó las manos por el cabello, desesperado, con el ceño fruncido y el rostro contraído por la impotencia.
—¡No lo sé, Gracia! —rugió con la voz rota—. Ya no sé en quién puedo confiar. ¿Quieres que te diga