Luna salió del edificio con los dedos temblorosos, cerrando su abrigo. El aire de Londres era húmedo, pero no era por el frío que su cuerpo no dejaba de estremecerse. Era por él. Por su voz, por esa mirada… por la forma en que Andrey había dicho su nombre.
Ni siquiera sabía cómo explicar lo que había sentido, y lo peor era que no podía contárselo a nadie.
Cuando llegó al pequeño apartamento donde vivía con sus hermanos, Abril fue la primera en correr a abrazarla.
—¡Lunaaaa! ¿Cómo te fue? —gritó