Andrey lo conducía con maestría montaña arriba en un todoterreno, y los neumáticos trazaron surcos sobre el terreno húmedo mientras el sol se colaba a través de las ramas altas.
Luna, aun con las mejillas encendidas por la charla frente a la chimenea, lo miraba de reojo. Sus manos fuertes sostenían el volante, pero sus ojos, cuando se giraban hacia ella, eran puro deseo contenido.
—¿Falta mucho? —preguntó con una sonrisa tímida, mientras sus manos seguían unidas.
Era algo que a Luna le fascinaba