Mi padre me ordenó ir por Elena y, por supuesto, acepté sin dudarlo. Quería ver su cara de mosquita muerta, quería verla llorar como la victima que era.
Sonreí con lentitud, saboreando la idea incluso antes de que ocurriera. En mis manos estaba romperla, hacerla añicos, reducirla a algo irreconocible. Quería verla caer, verla arrastrarse por el suelo, suplicando, llorando, exactamente como pasó con Damien.
Me reí, recordando cada detalle con una claridad que rozaba lo enfermizo. La forma en la