El llanto del niño no paraba.
No importaba cuánto gritara.
No importaba cuántas veces le ordenara que se callara.
Seguía llorando.
Y cada vez que lo hacía sentía que mi cabeza iba a explotar.
—¡CÁLLATE!
Mi propio grito rebotó contra las paredes de la habitación.
El bebé respondió llorando más fuerte.
Más fuerte.
Más fuerte.
Me llevé las manos a la cabeza.
Todo daba vueltas.
Todo.
Mi casa.
Mi vida.
Mi familia.
Todo se había derrumbado.
Y era por culpa de ella.
Siempre por culpa de ella.
Miré la