No encontraba a Isabela.
Llevaba horas intentando localizarla.
Horas llamándola.
Horas enviando gente a buscarla.
Y nada.
Absolutamente nada.
Apreté la mandíbula mientras observaba por quinta vez la pantalla del teléfono.
Me sentía impotente, como un inútil al no poder recuperar a mi hijo.
De hecho era un incompetente al no mantener a salvo a las personas que yo amaba.
Volví a llamarla, y nada.
Maldita sea.
Algo estaba mal.
Lo sentía.
Yo conocía demasiado bien a Isabela, era retorcida como su p