Nunca había odiado tanto una sala de espera.
El reloj de la pared seguía avanzando.
Segundo tras segundo.
Minuto tras minuto.
Y Elena seguía detrás de esas puertas.
Luchando por su vida.
Me pasé las manos por el rostro por centésima vez.
Estaba agotado.
Pero el cansancio era lo último que importaba.
Porque cada vez que cerraba los ojos la veía.
Sufriendo.
Sola.
Y una voz dentro de mi cabeza repetía la misma pregunta una y otra vez.
¿Y si ella muere?
Apreté la mandíbula.
No.
No podía pensar así.