El dolor ya no cabía dentro de mí.
Era demasiado.
Demasiado grande.
Demasiado profundo.
Sentía que me estaba ahogando lentamente en él, como si alguien hubiera abierto un agujero dentro de mi pecho y me estuviera vaciando por completo.
No podía dejar de llorar.
No podía dejar de pensar en mi bebé.
En cómo jamás iba a poder verlo crecer.
En cómo nunca iba a escucharme llamarlo por su nombre.
Me abracé el abdomen vacío y un sollozo desgarrado salió de mi garganta.
Ya no estaba.
Mi bebé ya no esta