El silencio de mi oficina me recordaba la condena por la que estaba pasando.
Recordar el rostro de Elena mientras lloraba por nuestro hijo me partía el corazón.
Pensar que para ella era la segunda vez que perdía un hijo, eso me hizo añicos lo que me quedaba de corazón.
Miré el vaso en mi mano y por un segundo no supe cuánto tiempo llevaba sosteniéndolo. El alcohol había dejado de calentarme hacía mucho. Solo era rutina. Un intento torpe de callar la cabeza.
Pero la cabeza no se calla cuando el