La puerta de la habitación principal se cerró con un clic metálico que pareció resonar en el silencio absoluto de la estancia. El aire allí arriba no olía a hospital, sino al perfume de sándalo de Isabella y al aroma penetrante de los lirios blancos que ya invadían los pasillos.
Francesco se detuvo en el centro de la habitación, observando el lujo del entorno con una mezcla de sospecha y cansancio. Se quitó la chaqueta del traje, arrojándola descuidadamente sobre una silla de terciopelo, y come