El aire acondicionado de la mansión de Las Vegas zumbaba con una eficiencia silenciosa, tratando de contrarrestar el calor abrasador que vibraba sobre el asfalto del desierto exterior. Sin embargo, dentro de aquellas paredes blindadas, la atmósfera era más pesada que cualquier clima extremo. Se respiraba una mezcla metálica de pólvora vieja, desinfectante médico y el perfume floral, casi fúnebre, de las coronas que ya empezaban a llegar para el teatro que estaba por comenzar.
La puerta principa