Las Vegas, Nevada
El motor de la camioneta rugía como una bestia herida mientras uno de los hombres de confianza de Lucius conducía a toda velocidad, esquivando el tráfico nocturno de la avenida principal.
En el asiento trasero, Lucius presionaba su propio abrigo hecho un bollo contra el costado de Isabella, tratando desesperadamente de frenar la hemorragia.
—¡Quédate conmigo! —le gritó, su voz rompiéndose—. ¡Isabella! ¡Mírame!
Isabella tenía los ojos entreabiertos, desenfocados. La mancha roja