Isabella Moretti y Scott Walton, estaban frente a frente después de tanto tiempo.
Ambos se miraron con una intensidad que no daba tregua. Ella, con la mirada afilada como el acero y el rostro erguido, desafiante. Él, con la misma intensidad, pero teñida de una exasperación familiar, con la sensación arraigada de que esa mujer solo traía problemas a su puerta.
—Señor Walton. Cuánto tiempo —saludó Isabella; su voz era un hilo de seda envuelto en frío.
—Lo mismo digo —gruñó Scott—. Ahora entiendo