Isabella Moretti y Scott Walton, estaban frente a frente después de tanto tiempo.
Ambos se miraron con una intensidad que no daba tregua. Ella, con la mirada afilada como el acero y el rostro erguido, desafiante. Él, con la misma intensidad, pero teñida de una exasperación familiar, con la sensación arraigada de que esa mujer solo traía problemas a su puerta.
—Señor Walton. Cuánto tiempo —saludó Isabella; su voz era un hilo de seda envuelto en frío.
—Lo mismo digo —gruñó Scott—. Ahora entiendo por qué la zona sur está que arde en estos días.
Isabella esbozó una sonrisa cargada de arrogancia y superioridad, esa arrogancia que hacía hervir la sangre de Scott y que, irónicamente, siempre había encendido el corazón de Nick.
—Creo que le han informado mal. No tengo ni idea de qué me está hablando.
—Sí, claro —espetó Scott, acercándose un paso—. No hay que ser muy inteligente para saber que, cuando las cosas se salen de control, es porque alguien con el apellido Moretti o Lombardi pisa mi c